Existía una época, en un lugar de este mundo llamado "Quien lo sepa que levante la mano", en la que había una especie de animal llamado Homo sapiens sapiens que se sentía muy asustado por lo que a su alrededor acontecía y en su entorno se tramaba. Estaban solos, unos se hacían daño a otros, luego, de más allá, llegaron iguales suyos con unas ganas de destrozar a esos unos y otros para que finalmente los de más allá se dieran cuenta que nunca llegarían a saciar su hambre de lucha y violencia, qué esperaban, ¿cambiar el instinto humano de la noche a la mañana?. Un día, alguien audaz que no se sabe si de aquí o allí decidió que todos eran muy malos, y tomó la determinación de ir juntando rebaños para contarles unas historias muy interesantes de alguien que nos dedicó unas palabras a esta jauría de perros hambrientos, en ellas se contaban que aunque fuéramos raros para los que vivían lejos y ellos nos fueran extraños a nosotros, todos teníamos que respetarnos.
Así que llegó el día en que eso cuajó entre los débiles que no tenían medios, que no ganas, para matar a esos malvados Homo sapiens sapiens que llegaban y les daban lo suyo a todos. Con ayuda de los fuertes, llegaron los desgraciados y se propusieron crear una cerca para que los del instinto asesino (que eran todos pero unos podían y otros no) nunca entraran y se quedaran fuera, así habría paz, en principio, y todos serían felices.
Pero claro, a veces llovía y como vieron que era insoportable, construyeron un techo gigante donde se protegerían de las gélidas gotas que caían como cuchillos. Una vez construido el techo, como estaban tan seguros, se percataron de la existencia de roces y contacto físico entre ellos, así que se tomó la determinación de construir unas verjas dentro para dividirlos en grupos de tal modo que los contactos se produjeran entre menos individuos y que los problemas no se extendieran a todos. Posteriormente, en cada grupo, como era de esperar, se siguió individualizando el territorio mediante más y más verjas. Cada uno tenía su espacio, ¡qué a gusto!
Pasaron unas semanas, y como cada uno tenía su propio espacio de derechos, volvió a surgir otro gran problema, el ruido, qué necio el no haberse dado cuenta antes, ¡si el de más allá hace un ruido tremendo cuando come, y el de aquí ronca que no veas! Solución: estaría prohibido, desde ese mismo momento, hacer ruido, sí sí, es que tendría que haber sido así desde siempre, tranquilidad insonora ¡placer a raudales! Y llegó el día más grande del Homo sapiens sapiens, el momento místico, eterno y revelador de entender que la peste del vecino era molesta, así se llegó a un acuerdo para una solución total, reformar todo y hacer una cantidad ingente de cubículos insonoros, y hermetizados donde cada uno sea "LIBRE" de vivir como quiera. Sería recordado como la solución definitiva a todos los problemas planteados por el hombre en su historia.
Y de repente... Alguien no se sabe en qué cubículo, si el 4JG893H5 ó el 6JI904N6, se percató de un ligero detalle, eran "Libres", sin embargo, ¿qué podía hacer con tanta libertad en una jaula de 2 metros cúbicos? Así que le entraron las prisas y quiso comunicárselo a todos lo que vivían bajo su techo, gritó, bramó, se dejó la voz, y se mareó muchas veces de la fuerza con que intentaba comunicar a los otros que estaban tan medidos en su libertad que vivían prisioneros. Todo fueron voces perdidas entre los centímetros de cristal insonorizados y conductos de ventilación que les aportaban "calidad de vida".
Mientras, fuera, con unas vistas inmejorables de las viviendas de sus conciudanos, unos pocos de aquí otros pocos de más allá y otros del lejano Oeste seguieron haciendo una vida mejor para ellos... Desde ese momento, el bienestar podría seguir con paso firme, imparable, para proporcionarles condiciones de vida mejores a cada día que pasara, ¿la próxima? Se planteaba la implantación de cristales opacos...
martes, 2 de noviembre de 2010
viernes, 11 de junio de 2010
El significado de los hechos
No son solo tirabuzones, sino también hojas de vida, es decir, estiro y lo veo volver, hecho y recuerdo, viene y va, va y viene, y no es solo una cuestión de ver las cosas en perspectiva, sino que, enrollados, evitan parecer lo que son, simples tiras de papel moldeadas. Hay cosas escritas que se quedan en nada cuando las enrollo, pero tienen significado, siempre lo tienen, aunque si de forma artificial coloco un eje donde los tirabuzones (a la vez) dejen de estar enrollados y empaquetados (pues con una sola mano soy incapaz de estirarlos todos) veo muchas muchas cosas, son partes de un todo fragmentado que no tienen un sentido colectivo, pero si los aprecio en su individualidad... Ufff, si los miro en la individualidad me surgen sonrisas, llantos, rabia, indiferencia, pena, nostalgia, cariño, odio, etc. Todo lo veo en sucesión, aunque no temporal, pero sí con sentido. Joder, no pensaba que todo lo que hago y he hecho ha sido tan caótico... ¿Caótico???????? No no no no. Sigo escribiendo tirabuzones... ¿Tirabuzones????? No no no no, escribo y, cuando me canse, pasaré el filo de la tijera, empaqueto y, posteriormente, lo aprecio, serán como hacer castillos de arena inconscientes, y no sé el porqué, pero siempre quedan bonitos.
miércoles, 27 de enero de 2010
45º
A veces, cuando uno siente la tentación de dar unos retoques a ciertas costumbres, se enfrenta a una serie de contradicciones, no de tipo moral, sino de tipo, y redundo, "costumbrista".
Con esto me refiero a aquello que asumimos como parte intrínseca a nuestro ser, como eso en lo que nos es imposible creer que podamos hacer vida en su ausencia.
Son ahora, pensamientos y creencias, derrotistas, las que nos niegan muchas veces, interponiéndose como un muro opaco, la luz de la objetividad de la que la alardean los que te rodean. Esa visión fácil que llega a doler, a ser tan sumamente primitiva que nos conduce a la sin-salida de las alternativas. Sin ser capaces de concebir la esencia de lo que vives. A ignorar que cada momento de tu vida, reiterado muchas veces, pasa a ser parte de ella, inyectándote pequeñas dosis de morfina psicológica que te hacen vivir en dependencia y, por tanto, sentir la necesidad constante de la repetición, sin cuestionarte nunca si el momento actual es tan bueno como lo fueron los pasados.
Cuando llega ese día en el que consigues situarte en perspectiva a tus costumbres, cuando un sentimiento de ansiedad, quizás por lo no vivido, quizás por lo que sabes que nunca podrás cambiar, invade tus sentimientos, debes reconocer el momento del punto y aparte. De saber reconocer cuando un párrafo ya no contiene los mismos temas que el anterior. Observar que ante ti se presenta un espacio en blanco infinito para rellenarlo como te plazca. Pero, como droga de extramada adicción, surgirán de nuevo la incertidumbre ante lo fácil y lo simple, intentando un retorno que no es posible, provocando de nuevo las dudas, que obviándolas, y a la vez, reconociendo su existencia, ya no nos provocará la dependencia física sino una especie de recuerdo agridulce (agrio por lo que ya no es igual y dulce por lo que te ha aportado), que poco a poco se adaptará a tus recuerdos. Haciendo a éstos más ricos, completos, y equilibrados hasta llegar a la saciedad de tu carta de vida.
Aun así, la carta no acabará, sino que, al contrario, llegará la hora de la comida y tendrá otra vez hambre de nuevas vivencias que no se anquilosen. Teniendo ya ante ti la experiencia previa del cambio.
Con esto me refiero a aquello que asumimos como parte intrínseca a nuestro ser, como eso en lo que nos es imposible creer que podamos hacer vida en su ausencia.
Son ahora, pensamientos y creencias, derrotistas, las que nos niegan muchas veces, interponiéndose como un muro opaco, la luz de la objetividad de la que la alardean los que te rodean. Esa visión fácil que llega a doler, a ser tan sumamente primitiva que nos conduce a la sin-salida de las alternativas. Sin ser capaces de concebir la esencia de lo que vives. A ignorar que cada momento de tu vida, reiterado muchas veces, pasa a ser parte de ella, inyectándote pequeñas dosis de morfina psicológica que te hacen vivir en dependencia y, por tanto, sentir la necesidad constante de la repetición, sin cuestionarte nunca si el momento actual es tan bueno como lo fueron los pasados.
Cuando llega ese día en el que consigues situarte en perspectiva a tus costumbres, cuando un sentimiento de ansiedad, quizás por lo no vivido, quizás por lo que sabes que nunca podrás cambiar, invade tus sentimientos, debes reconocer el momento del punto y aparte. De saber reconocer cuando un párrafo ya no contiene los mismos temas que el anterior. Observar que ante ti se presenta un espacio en blanco infinito para rellenarlo como te plazca. Pero, como droga de extramada adicción, surgirán de nuevo la incertidumbre ante lo fácil y lo simple, intentando un retorno que no es posible, provocando de nuevo las dudas, que obviándolas, y a la vez, reconociendo su existencia, ya no nos provocará la dependencia física sino una especie de recuerdo agridulce (agrio por lo que ya no es igual y dulce por lo que te ha aportado), que poco a poco se adaptará a tus recuerdos. Haciendo a éstos más ricos, completos, y equilibrados hasta llegar a la saciedad de tu carta de vida.
Aun así, la carta no acabará, sino que, al contrario, llegará la hora de la comida y tendrá otra vez hambre de nuevas vivencias que no se anquilosen. Teniendo ya ante ti la experiencia previa del cambio.
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