martes, 7 de junio de 2011

De las simplezas a los temores cruzando la línea que sólo se ve con mirada láser

Existen días, momentos, puede que hasta periodos bastante alargados en el tiempo en los que se producen, me permito llamarlos así, picos observacionales del sentimentalismo humano. Es decir, momentos de una luminosidad extrema que nos hacen ver, sin ningún tipo de velo translúcido, el significado de nuestros sentimientos, el fin último de éstos en nuestro desarrollo fisiológico.
Aquel que quizás más da que hablar, debido en parte a la intensidad con la que se vive este sentimiento, debido por otra parte a la inundación que supone de nuestros quehaceres diarios, debido también a la perspectiva positiva o negativa que se tiene del mundo que te rodea dependiendo del modo en el que estés impregnado de él, es el amor.
Un amor que es capaz de hacerte apreciar a una persona más que a ninguna otra, Y de odiarla también, por los problemas que implica querer a alguien, como pueden ser las rupturas, una serie de momentos duros y buenos que dejan sabores de boca muy distintos según el sentido de nuestras acciones. Pero cuando fijamos nuestra atención, más allá de lo que supone la vivencia de las sensaciones, en el fin de un sentimiento, es decir, en la implicación fisiológica que conlleva vivirlo, en desglosar meticulosamente la acción y el efecto, se produce la "Caída del mito".
Esta caída me voy a permitir explicarla mediante una opinión personal de lo que supone el sexo. Pues ese apreciado acto de sensaciones placenteras, de momentos íntimos, de recuerdos imborrables, de apego a una persona, no es más que un mero engaño emocional por parte de nuestro cerebro para llevarnos de una manera reiterada a la acción que da lugar a la reproducción. Y esto se produce con una simple explicación, si el sexo fuera un acto que no implicara placer, y diera lugar a momentos desgradables, a dolores o incluso a momentos insulsos, tened por seguro que la sexualidad de las personas no sería algo tan pronunciado, y en consecuencia, habrían disminuido nuestros niveles de natalidad desde los tiempos en que sobre la tierra puso el pie nuestra especie. En definitiva, si todo hubiera sido de esta manera la evolución nos habría llevado a la extinción.
Es por ello que el amor, desde mi punto de vista, tiene un fin, pues dependiendo de nuestros intereses, inteligencia, estado de salud, etc. Pretenderemos llevar a nuestro terreno a un tipo de ser o a otro. En nuestra mente vamos creando una escala de valores que nos interesan de otra persona, pues (pienso, creo) una persona inteligente tratará en la mayor parte de las veces de conseguir a alguien con una inteligencia más o menos similar, aunque claro, pensaréis; pues si la chica o chico que me gusta está "buenísimo/a" suelo dejar a un lado su inteligencia... ¡Eco! Has dado en el clavo querido amigo/a, creo que me acabas de demostrar que somos esclavos de nuestro instinto. Pues el buen parecido de las personas, en la mayor parte de las veces (la evolución es un juego de porcentajes), suele denotar una buena salud, pues no es lo mismo una persona con un cuerpo repleto de deformidades que otra con un cuerpo bien formado, pues aquel que no posee esa virtud no es capaz de desarrollar todo el poderío físico necesario para poder destacar entre los demás. Ahora bien, estás enamorado de una persona no muy bien parecida pero de una inteligencia aplastante, otra vez somos instintivos, esta persona será capaz por medios ajenos, y tan válidos o más que los físicos, de conseguir los objetivos personales impuestos. También porqué no, existen las excepciones, pero son ellas las que nos hacen máquinas biológicas imperfectas y no robots alineados en pos de conseguir nuestras metas.
En definitiva, el amor no es más que la pretensión instintiva de conservar para mañana lo que hoy consideras beneficioso con respecto a tus intereses. Pero como los intereses, al ser seres con memoria sobre experiencias y sucesos, cambian, también cambiamos nuestras pretensiones evolutivas como seres racionales. He aquí donde ahora se me plantea una gran contradicción, ¿es el ser humano capaz de cambiar matices de su instinto con respecto a sus intereses materiales, profesionales, etc? Sin duda, lo hacemos constantemente, y es por ello que nuestra evolución no es tal, sino una dictadura de la Ética y la Razón, y por tanto, un poco menos animales.
Aunque no nos engañemos, seguimos siendo náufragos en una barca sin remos sobre el océano que supone la naturaleza

Cuántas canciones, poemas, libros, películas, cuadros y demás expresiones artísticas, hemos dado lugar gracias a la profundidad de nuestros sentimientos.
Homo sapiens sapiens cuántos como tú han pisado antes la tierra que ahora me toca a mí pisar, cuántos hemos creído que somos fin y principio. Cuando nos vayamos otros vendrán y tirarán nuestros castillos de arena al suelo porque no serán de su gusto. ¿Más evolucionados? Seguro, serán víctimas de los mismos sentimientos que hemos sido nosotros antes.

Qué miedo dar gritar al vacío, no oigo ni siquiera el hilo de mi propia voz

sábado, 4 de junio de 2011

Pasos, preguntas y no respuestas

Cuando se teme a las palabras, pero no a las que se te dirigen, sino a las que surgen de tu garganta, pasando por la lengua que moldea esos sonidos y, finalmente, saliendo al exterior, atravesando el aire, llegando a unos oídos que escuchan, ávidos de aclaraciones, que posteriormente no llegan a entender una mierda de lo que se les dice, es el momento de caminar. Y tú, que siempre habías sido expresivo, te conviertes en desierto, falto de letras, de palabras, de una estructuración clara de la expresión de lo interno. Es en este confuso momento, y paradójico en todo su esplendor, cuando se muestran los últimos avisos del abandono de lo mínimamente civilizado, y la posterior entrada a lo salvaje del subconsciente. Con unos giros, volantazos y cambios de rumbo, con una falta de sentido tal, que llegan a acorralarte en la opción de dejarse llevar. Entrar en esta fase supone caminar, sí “Buen Camino peregrino”, y adentrarse en lo que siempre se ha querido evitar, lo oscuro de nuestro ser, descubrir la falta de compasión subyacente, darse la vuelta y no sentir ningún tipo de lástima por los tropiezos ajenos. Un odio claro, tan claro que asusta, que es posible que el ser humano no esté preparado para visualizar y concebir su significado. Una reacción automática es la de mirar a un punto y dirigirse hacia allí, porque ya ha comenzado el inexorable y a la vez infinito proceso de preguntas sobre el contenido de la consciencia y el entendimiento ajeno, que suelen contestarse casi siempre con lo mismo; sí, estás tan lleno de ti, estás tan admirado por la imagen que proyectas que se te ha olvidado tu propia existencia. Estás en la cima.

El descenso de pedregosas pendientes que llevan siempre a arrastrar el trasero, sin la certeza de que la llegada a abajo vaya a ser indolora, son el momento más reflexivo de este viaje. Y surge una de esas preguntas infinitas, ¿merece la pena subir para bajar? Joder, pues yo la verdad que siempre subía, los miraba, y decía . Pero es que he llegado tan alto que lo único que he desarrollado son odios, competiciones, una falta total de ansias por la escucha de sus opiniones y experiencias, desinterés total por sus vidas. Y porqué no puedo ser yo el solitario, me pregunto; qué pensarán. Y entonces surgen como dos puños enfrentados, con tus ideas en el centro, la soledad y egolatría o la sociedad y la no-egolatría hipócrita. ¡Pum! ¡Pam! ¡Pum! ¡Pam! No paran de golpearte, y para allá, para acá, y no entiendo, y una serie innumerable de porqués que hacen cola para un procesamiento. Y sin ser consciente de ello has llegado al suelo, sano y salvo y sin rasguños pero con tantas preguntas que… No salen las palabras, pues hay que dirigirse a ellos, creías que no, pero cuando llegaras abajo la sociedad te estaría esperando, y espera para recibir de ti una explicación a esa huida al “Mundo de la semántica vital”, porque aunque no lo supieras, era hacia donde te habías dirigido. La sociedad, con su característica prisa por las explicaciones, con otra consecución infinita de preguntas, te ametralla y amartilla implacablemente sobre las conclusiones inconclusas. Ellos saben que no puedes escapar, abres la boca, y no surgen las palabras que buscabas, nada, es imposible, pues eres la gota de grasa en una balsa de detergente, y ellos ya superan con creces tu tensión superficial para que te derrumbes. Pero claro, son tan inútiles, tan necios, que ignoran que eres mucho más pesado, y mientras te atacan desciendes, creen en su victoria, creen en el ascenso eterno, y se superponen a ti, yo me dejo caer. Sus implacables explicaciones-preguntas (pues lo absurdo es que sus explicaciones se basan en crear la duda que supone una pregunta) sobre la inutilidad de mi viaje no obtienen respuestas ni claras ni concisas, no las hay. Sigue el descenso hasta el punto máximo, pues el tanque de detergente es un cono invertido. Estoy en la punta inferior… Hasta que mis razones, y una plena convicción de no saber porqué pero de entender que una vida sin preguntas, y también sin respuestas es una vida de llanuras, de descensos y subidas, de curso indefinido y de caminos angostos o no, es la base del entendimiento de una felicidad de periodos, y no una búsqueda orientada a una felicidad que realmente nos dirige a un posterior ascenso.