Cuando se teme a las palabras, pero no a las que se te dirigen, sino a las que surgen de tu garganta, pasando por la lengua que moldea esos sonidos y, finalmente, saliendo al exterior, atravesando el aire, llegando a unos oídos que escuchan, ávidos de aclaraciones, que posteriormente no llegan a entender una mierda de lo que se les dice, es el momento de caminar. Y tú, que siempre habías sido expresivo, te conviertes en desierto, falto de letras, de palabras, de una estructuración clara de la expresión de lo interno. Es en este confuso momento, y paradójico en todo su esplendor, cuando se muestran los últimos avisos del abandono de lo mínimamente civilizado, y la posterior entrada a lo salvaje del subconsciente. Con unos giros, volantazos y cambios de rumbo, con una falta de sentido tal, que llegan a acorralarte en la opción de dejarse llevar. Entrar en esta fase supone caminar, sí “Buen Camino peregrino”, y adentrarse en lo que siempre se ha querido evitar, lo oscuro de nuestro ser, descubrir la falta de compasión subyacente, darse la vuelta y no sentir ningún tipo de lástima por los tropiezos ajenos. Un odio claro, tan claro que asusta, que es posible que el ser humano no esté preparado para visualizar y concebir su significado. Una reacción automática es la de mirar a un punto y dirigirse hacia allí, porque ya ha comenzado el inexorable y a la vez infinito proceso de preguntas sobre el contenido de la consciencia y el entendimiento ajeno, que suelen contestarse casi siempre con lo mismo; sí, estás tan lleno de ti, estás tan admirado por la imagen que proyectas que se te ha olvidado tu propia existencia. Estás en la cima.
sábado, 4 de junio de 2011
Pasos, preguntas y no respuestas
El descenso de pedregosas pendientes que llevan siempre a arrastrar el trasero, sin la certeza de que la llegada a abajo vaya a ser indolora, son el momento más reflexivo de este viaje. Y surge una de esas preguntas infinitas, ¿merece la pena subir para bajar? Joder, pues yo la verdad que siempre subía, los miraba, y decía . Pero es que he llegado tan alto que lo único que he desarrollado son odios, competiciones, una falta total de ansias por la escucha de sus opiniones y experiencias, desinterés total por sus vidas. Y porqué no puedo ser yo el solitario, me pregunto; qué pensarán. Y entonces surgen como dos puños enfrentados, con tus ideas en el centro, la soledad y egolatría o la sociedad y la no-egolatría hipócrita. ¡Pum! ¡Pam! ¡Pum! ¡Pam! No paran de golpearte, y para allá, para acá, y no entiendo, y una serie innumerable de porqués que hacen cola para un procesamiento. Y sin ser consciente de ello has llegado al suelo, sano y salvo y sin rasguños pero con tantas preguntas que… No salen las palabras, pues hay que dirigirse a ellos, creías que no, pero cuando llegaras abajo la sociedad te estaría esperando, y espera para recibir de ti una explicación a esa huida al “Mundo de la semántica vital”, porque aunque no lo supieras, era hacia donde te habías dirigido. La sociedad, con su característica prisa por las explicaciones, con otra consecución infinita de preguntas, te ametralla y amartilla implacablemente sobre las conclusiones inconclusas. Ellos saben que no puedes escapar, abres la boca, y no surgen las palabras que buscabas, nada, es imposible, pues eres la gota de grasa en una balsa de detergente, y ellos ya superan con creces tu tensión superficial para que te derrumbes. Pero claro, son tan inútiles, tan necios, que ignoran que eres mucho más pesado, y mientras te atacan desciendes, creen en su victoria, creen en el ascenso eterno, y se superponen a ti, yo me dejo caer. Sus implacables explicaciones-preguntas (pues lo absurdo es que sus explicaciones se basan en crear la duda que supone una pregunta) sobre la inutilidad de mi viaje no obtienen respuestas ni claras ni concisas, no las hay. Sigue el descenso hasta el punto máximo, pues el tanque de detergente es un cono invertido. Estoy en la punta inferior… Hasta que mis razones, y una plena convicción de no saber porqué pero de entender que una vida sin preguntas, y también sin respuestas es una vida de llanuras, de descensos y subidas, de curso indefinido y de caminos angostos o no, es la base del entendimiento de una felicidad de periodos, y no una búsqueda orientada a una felicidad que realmente nos dirige a un posterior ascenso.
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