A veces, cuando uno siente la tentación de dar unos retoques a ciertas costumbres, se enfrenta a una serie de contradicciones, no de tipo moral, sino de tipo, y redundo, "costumbrista".
Con esto me refiero a aquello que asumimos como parte intrínseca a nuestro ser, como eso en lo que nos es imposible creer que podamos hacer vida en su ausencia.
Son ahora, pensamientos y creencias, derrotistas, las que nos niegan muchas veces, interponiéndose como un muro opaco, la luz de la objetividad de la que la alardean los que te rodean. Esa visión fácil que llega a doler, a ser tan sumamente primitiva que nos conduce a la sin-salida de las alternativas. Sin ser capaces de concebir la esencia de lo que vives. A ignorar que cada momento de tu vida, reiterado muchas veces, pasa a ser parte de ella, inyectándote pequeñas dosis de morfina psicológica que te hacen vivir en dependencia y, por tanto, sentir la necesidad constante de la repetición, sin cuestionarte nunca si el momento actual es tan bueno como lo fueron los pasados.
Cuando llega ese día en el que consigues situarte en perspectiva a tus costumbres, cuando un sentimiento de ansiedad, quizás por lo no vivido, quizás por lo que sabes que nunca podrás cambiar, invade tus sentimientos, debes reconocer el momento del punto y aparte. De saber reconocer cuando un párrafo ya no contiene los mismos temas que el anterior. Observar que ante ti se presenta un espacio en blanco infinito para rellenarlo como te plazca. Pero, como droga de extramada adicción, surgirán de nuevo la incertidumbre ante lo fácil y lo simple, intentando un retorno que no es posible, provocando de nuevo las dudas, que obviándolas, y a la vez, reconociendo su existencia, ya no nos provocará la dependencia física sino una especie de recuerdo agridulce (agrio por lo que ya no es igual y dulce por lo que te ha aportado), que poco a poco se adaptará a tus recuerdos. Haciendo a éstos más ricos, completos, y equilibrados hasta llegar a la saciedad de tu carta de vida.
Aun así, la carta no acabará, sino que, al contrario, llegará la hora de la comida y tendrá otra vez hambre de nuevas vivencias que no se anquilosen. Teniendo ya ante ti la experiencia previa del cambio.